A falta de que llegue el día 1 de noviembre pero una vez cumplidas cuatro semanas desde que aterricé en Marruecos, puedo decir que mi nueva vida me hace feliz.
Me gustan el sol y la luz de Rabat la hora que salgo de trabajar, el olor del chef d´oeuvre por las mañanas, tardes y noches, jugarme la vida en la parte delantera de un petit taxi o cruzando las calles.
Mi casa ya es MI casa, con mayúsculas sí. Mi habitación es ya MI habitación, con sus alfombras bereberes, posters para turistas en las paredes, una cortina del Marjane, cojines regateados y cosidos enfrente de mí y una funda de edredón heredada.
Escribo descalza sentada en el tarbas de mi salón, quizás demasiado naranja, pero ya empiezo a quererlo. Tenemos internet gracias a nuestro vecino de arriba, que con una sonrisa nos dejó su clave wifi a cambio, quizás, de alguna conversación en español con su hija pequeña.
Vivir aquí es fácil y quizás es demasiado fácil comer rico. Ya he dejado de devorar siempre las patatas fritas que te dan con cualquier plato y ya bebo agua de grifo sin que pase nada. En casa, Soumiya nos prepara la más deliciosa de las comidas cada semana: ensaladas, sopa, tajine de pollo...
El francés empieza a no ser tan difícil y me empiezo a atrever con el darija. Sirf, wahed, juj, tlata... de momento no me exijo más.
A falta de que lleve un mes exacto escribo sonriendo sobre Rabat, mi nueva casa.
